La suspensión del tiempo: un mecanismo en el cine de Paolo Sorrentino. Por Carlos Tori

02:13 am. Sin previo aviso, ni para mi ni para nadie, los párpados deciden que es un buen momento para abrir la persiana. Termino de recobrar la conciencia -será el calor- y entreabro la puerta a la terraza en un intento inútil de no recordar unas palabras de Céline; aquellas sobre la diferencia entre los que duermen y los insomnes. Y es que encarar el silencio de las 2:13 am requiere un valor inhumano, seguramente en toda la historia solo ha habido dos o tres personas con suficiente valor para afrontar ese silencio. Ulises, Julio Anguita y poco más. Estamos hablando de genios. La fuerza de ese silencio viene de su ironía, es en la homogénea oscuridad en la que uno ni siquiera es capaz de ver la almohada donde se encuentra el más cristalino y nítido de los espejos. Ahí, de madrugada, uno es capaz de ver cómo progresan sus entradas, el amarilleamiento de sus dientes, el color oscuro que despierta más allá de la pupila; hasta refleja sin género de duda aquello que de normal se dibuja confuso. Y es que al humano se le da terriblemente mal cargarse de firmeza cuando de ironía va el asunto, por eso fracasamos casi todos frente al sempiterno silencio. Y sin embargo, tal y como Sorrentino me hará recordar en unos tres minutos a través del sacerdote Tesorone, Al final de la vida, solo quedará la ironía. 

Total, que sí, que enciendo el iPad. Abro Movistar Plus, directo a alimentar mi pequeña curiosidad de las 2:13 am: conocer qué decide la gente de programación para la madrugada de un miércoles. Y lo que me encuentro, un poco más allá de John Milius y los Coen, es la penúltima película de Paolo Sorrentino: Parthenope. Entro, no sin antes reparar mi mirada aletargada en el detalle de que el canal en el que la echan es Movistar Cine Indie. Manda a huevos. La película está acabando, gracias a Dios, porque siendo sincero el final es la única parte que me gusta de verdad. El plano con el que me incorporo a la historia es un travelling hacia Celleste della Porta al final de su estancia con el sacerdote. Él le da la espalda desde la puerta en un instante suspendido. No se sabe si Parthenope siente admiración o decepción, lo que está claro es que ha sido el primer encuentro sexual en el que ella, que arrastra años en conflicto con su propia belleza, valora su propia dignidad. Dos planos bastan para atraparme. Entre esta escena y la siguiente, la mejor de toda la película -en la que el profesor revela el verdadero y único significado de la antropología-, Sorrentino se detiene un momento. Saltamos cuarenta años en el tiempo, frente al mar, Parthenope contempla. Como le enseñó su profesor. Y descubrimos que la película entera ha sido una suerte de racconto, el recuerdo de una vida que ya no le pertenece a ella sino a su memoria. La mirada ahora anciana de la mujer cuyo pasado quedó atravesado por el suicidio de su hermano repara en el mismo mar que antaño, suspendida en el tiempo cara a cara frente a todo aquello que ya ha sido. Un plano precioso porque, ahora que conoces su fragilidad, Sorrentino contrapica el plano, la engrandece, cargándola de luz y belleza. A decir verdad, su espejo de las 2:13 am es un poco más lírico que el mío. 

Suficiente material para apagar el iPad y volver a encarar el silencio. Sorrentino lleva interesado por las mismas aristas del humano desde que comenzó a hacer cine en el año 2001. Lo que ha cambiado es la forma, se ha sofisticado, ha evolucionado. Ha crecido como esteta, como poeta, pero en el fondo lo contado es lo mismo, o al menos parecido. El dolor de Tony Pisapia y el de Parthenope no es tan distinto. Ambos se sienten atrapados en una apantallada caída al vacío que nunca llega a completarse, como si del horizonte de eventos de un agujero negro se tratase. Las películas de Paolo son historias sobre la derrota. Pero a él no le interesa observar la derrota en sí, sino qué queda después de esta. Según él, me parece, la realidad es que tras la caída en desgracia, cuando el vacío se abre camino en la vida, no queda mucho. No me mires, no hay nada que mirar, le dice la señora Gentile a Philippo Schisa en Fue la mano de Dios. Y sin embargo, Sorrentino cree que lo poco que queda es ver, porque incluso en el vacío uno es capaz de encontrar suficiente belleza y dignidad, tanta que a veces resulta inabarcable. Hay un movimiento suyo -y solo suyo- que introduce en L'uomo in piu y que me parece la conversión en forma de algunas de estas ideas. Es un travelling con el que suele abrir escenas, con él se acerca muy lentamente al personaje ya situado, construyendo en el espectador la sensación de llegar tarde. No responde a una acción inmediata, no intensifica el conflicto, no subraya un punto dramático, no cambia la información que tenemos. No descubre qué pasa. Lo que hace ahí la cámara es decir Esto estaba aquí antes de que yo llegara. Es como si los personajes, observados por el tiempo, estuviesen cansados de actuar.




Hay un cierto tono mirón en este movimiento de cámara. Pero, cuando el acercamiento se repite una y otra vez a lo largo de la película y desde distintas perspectivas, el voyerismo se deshace y tan solo permanece esa sensación de estar observando a un personaje cristalizado, inerte, al que nos acercamos desde distintas caras de un caleidoscopio. Y es que las películas de Sorrentino no solo construyen esa sensación a nivel de personajes: sus estructuras de largas secuencias estancas parecen un mosaico de perspectivas cohesionadas por un mismo tema, el que sea que tenga la película en cuestión, donde cada una de ellas saca a la luz una duda, una certeza o incluso una forma de vida que atiende a ese tema. El caso más ilustrativo es La Gran Belleza. En la película, el grueso de la historia son capítulos estancos que poca relación causal guardan unos con otros: Gep va a una galería en la que encuentra las fotos que un hombre se ha tomado a sí mismo a diario desde que nació, pasea de noche por los palacios de Roma... Podríamos alterar el orden de la mayoría de las secuencias y seguramente la película no cambiaría gran cosa. La Gran Belleza, y en general el grueso de las historias de Sorrentino, no es un A implica B implica C... Implica Z. Es un A + B + C + ... = Z. Esa multiplicidad construye una cierta sensación de desparramamiento, de falta de empaque, que, curiosamente, suele ser el principal argumento que usan a su favor tanto los detractores como los afines al cine de Paolo. Daría para otro artículo intentar dar alguna explicación, si acaso la tiene, al sentido que pueda tener esta forma de hacer cine. Me parece que se intuyen suficientes motivos culturales e históricos para que ese sea el hacer de un napolitano de finales del siglo XX. Es un cine que solo lo puede sentir en los huesos una sociedad que lleva cientos de años de decadencia, que su momento ya pasó.

Al caso, al lío planteado de qué hilvana secuencias inconexas de La Gran Belleza, el teórico argentino Gustavo Provitina, en su ensayo 'El cine italiano' (2024), da una motivo interesante. Habla de lo que une a maestros italianos de distintas épocas y movimientos. El factor común de todos ellos viene a ser, en resumidas cuentas, el paso del tiempo como detonante del conflicto interno del protagonista. Y es que ese es el motivo por el que funciona La Gran Belleza: lo que une a todas las secuencias son todas las incomodidades, fragilidades y dudas de Gep con el paso del tiempo. Y suficiente es, porque seguramente ese entender una historia como la suma de momentos, no como eslabones causa-efecto perfectamente delimitados, resuena como más cercano a la vida que cualquier otra configuración.

Sí, las de Sorrentino son películas demasiado amplias y poco condensadas, son películas generosas que pueden provocar, como en mi caso concreto con sus últimas películas, que no te interese prácticamente nada salvo una o dos partes. Pero en esa amplitud también se encuentra la chispa. Puede hacer una película de la que desconectar durante media hora, que de pronto con un gesto, un paso en falso, o una línea de diálogo que nadie esperaba, consigue erizarte la piel. Y con eso basta para suspender la vigilia y recuperar el sueño profundo.

 

Comentarios

Entradas populares